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Menos burocracia y más humanismo. Reflexión crítica de un profesor de Filosofía ante su claustro

Javier García-Valiño Abós

Ronda, 20-I-2008
Intervención (alocución) ante el claustro de profesores
Como estamos en “ruegos y preguntas”, en este primer claustro del año deseo hacer un ruego y plantear una pregunta.
Queridos compañeros, el ruego que os hago es que me escuchéis durante unos minutos.
Y la pregunta que voy a plantear está dirigida, principalmente, a la señora Consejera de Educación y a sus muchos delegados y subordinados. Es la misma pregunta con la que Cicerón da inicio a su primer discurso a Catilina:
“¿Hasta cuándo, Catilina, seguirás abusando de nuestra paciencia?”(1) Se la plantearía en latín, pero me atrevo a dudar de que ella y la mayoría de ellos conozcan la hermosa lengua de Cicerón y Virgilio.
Pienso que los que nos dedicamos a la filosofía –y, en general, los intelectuales-, si queremos servir a la sociedad, a veces tenemos la obligación de tomar la palabra y ser una voz crítica, aunque sea la “voz del que clama en el desierto”. Y me parece que, si las circunstancias lo aconsejan, el claustro de profesores es uno de los muchos espacios públicos en los que se puede cumplir esa misión.
He procurado que esta intervención sea breve. Las opiniones que voy a expresar son personales, pero también he intentado recoger el pensamiento y el sentir de una parte importante de este claustro. No pretendo criticar a nadie en particular -ni al equipo directivo ni a otros compañeros-, sino reflexionar en voz alta sobre algunas cosas de fondo que, a mi juicio, no van bien o no estamos haciendo bien (yo, el primero), así como tratar de descubrir las raíces y proponer algún principio o vía de solución. Creo que este comienzo de año y de trimestre es una buena ocasión para que todos hagamos una sincera auto-crítica, sin echarle la culpa de todo al equipo directivo, aunque éste tenga una responsabilidad indudable en algunas cosas. Los que nunca hemos ejercido un cargo directivo apenas podemos imaginar lo difícil que es dirigir y gestionar con acierto un centro tan complejo como éste.

Se trata, pues, de examinar y reformar algunas actitudes y líneas de conducta, para mejorar el clima humano y profesional del Instituto.
Esta reflexión está inspirada, en cierta medida, en la crítica de la razón instrumental y de la buro-tecnocracia, que se ha desarrollado en la filosofía europea y americana desde hace varias décadas; sobre todo, en la Escuela de Frankfurt y en la Carta sobre el humanismo, de Martin Heidegger. Y también responde a una antropología y una ética de inspiración personalista.
En primer lugar, tras varios años de experiencia con el sistema de gestión de calidad, me parece que éste es un buen momento para reflexionar sobre esta experiencia y –¿por qué no?- para revisarlo críticamente.
Soy consciente de que el Departamento de Calidad, dirigido por P. L., ha hecho un gran esfuerzo por informatizar y simplificar el sistema documental. Pienso que P. L. es un excelente profesional, siempre disponible y muy servicial. Ahora no me estoy refiriendo a una persona, sino a un sistema burocrático y técnico de gestión, no exento de presupuestos axiológicos, que, siendo útil en muchas empresas económicas, lleva consigo ciertos riesgos y peligros cuando se implanta en un centro educativo.
Hay que reconocer con claridad que, en algunos aspectos, ha mejorado la gestión o el funcionamiento de algunos procesos. Pero mi opinión es que este sistema tiene más inconvenientes que ventajas. Por ejemplo, creo que sigue habiendo algunos documentos prácticamente inútiles o irrelevantes.
A la luz de nuestra propia experiencia, considero que la principal objeción que se le puede hacer a este sistema y, en general, al exceso de burocracia que soportamos hoy los docentes, es que, de un modo casi imperceptible, han generado un modo de trabajar en el cual podemos tender a anteponer los medios e instrumentos a los fines, los procesos y procedimientos a las personas y, aunque parezca paradójico, la cantidad a la calidad. En la práctica, podemos hacer que las personas pasen a un segundo o tercer plano; sobre todo, los alumnos de carne y hueso, que no son nuestros “clientes” en ningún sentido; pero también nosotros mismos, los docentes. Otro riesgo cierto es que perdamos de vista que la labor docente y educativa, es decir, la trama y la urdimbre del tejido que nosotros confeccionamos, son, sobre todo, relaciones interpersonales, y no documentos, protocolos, porcentajes y pautas uniformes de obligado seguimiento. Y estimo que el saber escuchar a todos nos ayudará a mejorar esas relaciones.

[Por todas estas razones, hace ya tiempo que me arrepentí de haber votado a favor de la implantación del sistema de calidad. Éste es uno de los muchos errores que he cometido en mi vida].
Además, a estos inconvenientes y riesgos se unen las disposiciones de la Consejería de Educación, encaminadas a controlar cada vez más a los profesores y maestros. El resultado de todo ello es un ambiente de trabajo que muchos percibimos, en no pocas ocasiones, como deshumanizado, agobiante y presidido por una manifiesta desconfianza de la Administración educativa hacia todos nosotros.
En segundo lugar, pienso que en la vida del centro y, sobre todo, en el modo de ejercer la función directiva, se ha impuesto una mentalidad que se puede identificar con el positivismo jurídico o el normativismo. No podemos negar el valor y la importancia de las normas. Como funcionarios docentes, es obvio que hemos de conocer, cumplir y hacer cumplir las disposiciones normativas que nos afectan. Pero me parece que, algunas veces, nos falta prudencia y flexibilidad en el modo de aplicarlas. Además, al aplicarlas al pie de la letra, a veces podemos desvirtuar su espíritu. Sobre todo, no podemos “sacralizar” los decretos, las órdenes y las resoluciones. Las normas están al servicio de las personas y del bien común, y no a la inversa: “el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (2).
En tercer lugar, frente a los excesos de la burocracia, los procedimientos de control y el positivismo jurídico, deseo hacer, como profesor de Filosofía y miembro de este claustro, una reivindicación del humanismo en nuestra profesión. Nuestra función no es cumplir reglamentos ni cumplimentar papeles, sino enseñar y, si aún es posible, contribuir a la educación de nuestros alumnos. Lo que nos compete es su formación integral: [la formación científica, humanística y tecnológica de nuestros alumnos, así como su educación físico-deportiva, artística y musical]. Esto es lo importante. Lo demás puede ser una ayuda, pero a veces se nos convierte en un estorbo, de tal modo que “los árboles no nos dejan ver el bosque”.
En un centro de enseñanza secundaria, se enseña y se aprende a pensar y vivir en libertad, de acuerdo con las verdades, los valores y las experiencias que uno va descubriendo en las aulas, en los talleres, en los laboratorios, en la biblioteca, en las pistas deportivas. Todo esto es parte esencial del humanismo que nos ha legado nuestra cultura occidental. Un humanismo que hunde sus raíces, principalmente, en el mundo clásico greco-latino, el cristianismo y la cultura y ciencia de la Europa moderna. Casi sin darnos cuenta, podemos estar permitiendo o, incluso, favoreciendo un eclipse del humanismo, en lugar de custodiarlo, cultivarlo y transmitirlo.
No hay humanismo sin libertad. Seguramente recordáis aquellas palabras de Felipe González en el congreso del PSOE celebrado en Suresnes, en 1979: “Que somos socialistas antes que marxistas”. Pues bien, en un contexto muy diferente, yo (que ni soy socialista ni marxista) os diría ahora: “que somos profesores y maestros antes que funcionarios; que somos universitarios ante que burócratas& rdquo;.
Para concluir, considero que, en las actuales circunstancias, los profesores de Secundaria y los maestros, superando nuestra vieja tendencia al individualismo, hemos de asociarnos, reaccionar y rebelarnos contra todo lo que está deteriorando el mundo de la educación y la dignidad de nuestro noble oficio. No podemos limitarnos a permanecer incómodamente instalados en el sistema. Es el momento de estar unidos y trabajar por un cambio cultural y pedagógico, en la línea que he indicado; y también por un cambio político (institucional): por una reforma muy profunda de este lamentable sistema educativo, que estamos padeciendo en España y en Andalucía desde la promulgación de la L.O.G.S.E. en 1990.
Muchas gracias por vuestra atención y vuestra paciencia.
Javier García-Valiño Abós

(1) “Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?” (M. T. CICERÓN, Orationes in Catilinam, I, 1).

(2) Mc 2, 27.

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