
15-7-2010
El Consejo de Gobierno aprueba el nuevo reglamento orgánico de los IES (ROC) con toda su carga destructiva.
Departamento de Lengua y Literatura del IES Rodríguez Marín
8 de febrero de 2007
Los miembros del departamento de Lengua del IES Rodríguez Marín consideramos que las pruebas son inútiles y, por tanto, una soberana pérdida de tiempo y recursos, tanto materiales como humanos.
Para empezar nos cuestionamos si es o no legal obligar al profesorado a trabajar en unas pruebas extraordinarias sin recibir ningún tipo de compensación por ello, ya sea económica o de otra índole. También nos parece degradante el trato que se nos ha dado durante su realización: el secretismo de las pruebas, el hecho de que se nos niegue un ejemplar para el profesor (que siempre se otorga en las pruebas de Selectividad, por poner un ejemplo), el darnos por escrito lo que tenemos que decir exactamente a los alumnos, la presencia de un inspector, etcétera.
Sin embargo, no es el objetivo de este escrito protestar por cómo se ha tratado al profesorado, sino explicar por qué nos parece que las pruebas son inútiles.
En primer lugar, no entendemos el motivo de su realización, si tenemos en cuenta que nos pasamos el año evaluando a nuestros estudiantes de nuestra materia. Creemos que esta prueba es redundante. Los profesores, que estamos en contacto diario con los alumnos, somos quienes mejor podemos evaluarlos, ya que los conocemos personalmente: sabemos de su esfuerzo y de su pereza, de su dedicación o apatía, de su inteligencia o necedad, de sus progresos y sus regresiones, de aquello que hacen mejor y peor, y lo sabemos siempre: una única prueba, por buena que sea, no es nunca equiparable a una evaluación continua, tal como recoge la Logse. Por eso las calificaciones de nuestros exámenes son importantes, pero no son nunca la nota final.
Y si dichas notas están a disposición de la Administración, entonces ¿para qué este tipo de pruebas? ¿Acaso se está sugiriendo que no realizamos bien nuestro trabajo? ¿Se sugiere que no sabemos evaluar? ¿O que no sabemos enseñar, tal vez?
Si este es el caso, las pruebas de diagnóstico siguen siendo innecesarias. Envíen a gente que sepa cómo hay que enseñar, que estén unos meses dando las clases, y nosotros con mucho gusto nos sentaremos en la última banca a observar cómo se hace. Y hasta prometemos no reírnos.
En segundo lugar, si se trata de valorar los conocimientos de los alumnos en la materia de Lengua Castellana y Literatura, la prueba resulta ineficaz, cuando no absurda.
Las preguntas que se plantean apenas tienen elementos lingüísticos: basta echar una ojeada a la programación (aprobada, por supuesto), y veremos que las preguntas distan de aquello que, se supone, debemos enseñar: morfología, sintaxis, ortografía, métrica, teatro, novela, etc. Dibujar un gráfico del consumo eléctrico no nos parece la mejor forma de averiguar qué tal va el alumno en Lengua. La conversación de Capi y su amigote no es la manera óptima de conocer si el alumno domina el léxico culto. No se miden los conocimientos, sino las competencias, dicen ustedes. Por supuesto, al hacer esto el nivel exigido baja automáticamente. Todos nuestros alumnos saben decir "hubiera venido", pero no todos saben que ese tiempo verbal es el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo. Por ejemplo.
Así pues, queda claro que no estamos hablando de qué saben los alumnos de Lengua Española. Pues díganlo desde el principio, si son tan amables, y no escriban en la primera página de las pruebas esas dos palabras, Lengua Española.
Digan claramente que no están evaluando lo que los alumnos saben de esta materia, que están haciendo otra cosa. Y ya que necesitan nuestra colaboración, no estaría de más que nos explicaran, desde el principio, de qué se trata, para que sepamos qué diantre estamos evaluando, o calificando, o midiendo, o lo que sea.
Tampoco nos parece que la prueba sea objetiva: el hecho de que se le otorgue un punto a una pregunta dejada en blanco, o tres al que confunde la factura de la luz con la del gas (pese a que aparecía la palabra "electricidad"), o tres o cuatro al que identifique el tema principal de un texto, aunque cometa varias faltas de ortografía... Todo ello nos parece un puro disparate.
En una de las preguntas, no recuerdo cuál (no tenemos copia de las pruebas, ya lo saben), se daba al alumno varias opciones para escribir la palabra "valla". Si elegía la correcta, 6 puntos. Pero si decía algo así como "lo mejor es elegir un sinónimo, por ejemplo verja", se le otorgaban 5 puntos. O sea, 5 puntos por no tener ni idea de cómo se escribe la palabra. Y cuatro si confundía "malla" con "valla".
En cuanto a la última pregunta, no está mal dar dos puntos sobre seis a un texto "incoherente o con abundantes errores de léxico, sintaxis y ortografía". (Aparte del craso error de situar una redacción como última pregunta, después de casi dos horas de encierro y a punto de sonar el timbre del recreo: indicio del escaso contacto que han tenido con alumnos de ESO los encargados de diseñar la prueba.)
El hecho es que ignoramos qué sentido tienen las pruebas. No nos aportan ninguna información, pues no sirven para medir absolutamente nada, por lo mal diseñadas que están, con su estrafalario sistema de respuestas múltiples y criterios de corrección.
Aun así nos piden propuestas de mejora, y que además sean concretas y se entiendan.
Pues en justa reciprocidad, vengan y explíquennos a los profesores quiénes, cómo, por qué y para qué han diseñado estas pruebas. Y por favor, no nos digan que tenemos que leer tal o cual texto para comprenderlo, pues no creemos que sea algo tan complejo; ni tampoco nos hablen con palabrería rimbombante que a nadie va impresionar: que somos los profesores de Lengua, y sabemos cuándo las palabras significan poco o nada.
Y cuando vengan, nosotros les explicaremos que no hay nada que podamos mejorar. Que es absolutamente imposible que se consigan los objetivos porque el fallo no está en nosotros, ni está en nuestra mano corregirlo.
El fallo está en el sistema educativo. Y como no podemos cambiarlo, como son otros quienes lo diseñan a gusto de una sociedad que no cuenta entre sus valores el amor a la cultura, no hay nada que podamos mejorar. Y, obviamente, nos negamos a responsabilizarnos por no hacer algo que no podemos hacer.
Nosotros, como profesores, estamos encantados de educar a nuestros alumnos, independientemente de su lugar de nacimiento, clase social, nivel intelectual, o cualquier otra condición, incluso independientemente de su rendimiento académico. (Eso sí, dada la variedad que nos encontramos en las clases, una ratio menor es imprescindible para poder atenderlos adecuadamente.) Lo único que queremos es poder dar clase, y eso, hoy por hoy, es dificilísimo. En cualquiera de nuestras aulas hay varios alumnos que están allí obligados por la ley, y cuyo único interés se centra en boicotear las clases. Alumnos que no quieren permanecer en el centro, que no aprovechan en nada su estancia en el instituto, pero que, desgraciadamente, son los que nos hacen perder más tiempo y energía, los que nos llevan a perder la poca autoridad que nos queda delante de los demás, porque, hagan lo que hagan, volverán a clase y volverán a portarse igual: no tienen nada que perder. Y en eso se nos van las horas lectivas.
No podemos exigir un nivel determinado porque no podemos explicar en clase, porque el alumno va a promocionar por edad, y, sobre todo, no podemos exigir nada a nadie porque el título de la ESO es necesario social y laboralmente y si de verdad exigiéramos, muchas personas se quedarían sin él y tendrían verdaderas dificultades para trabajar.
¿Quieren ustedes propuestas de mejora? Hay muchas, se las explicaremos gustosamente cuando vengan; de momento, ahí va un adelanto: inviertan todo el dinero de las dichosas pruebas en más profesores y más aulas, en atender debidamente a todos los alumnos, desde los que vienen con graves carencias hasta aquellos con sobredotación intelectual; presenten la educación a los alumnos y a toda la sociedad no como una obligación, sino como un derecho; valoren el saber, el conocimiento; no obliguen a los que sí quieren estudiar a tener que aguantar a los que se dedican a molestar; restituyan la autoridad al profesorado; tengan en cuenta nuestras opiniones a la hora de redactar las leyes educativas; olvídense de pruebas de diagnóstico, de papeleos y de monsergas, y afronten que el sistema hace aguas, y no traten de mejorar ante la sociedad la imagen de la educación, sino su realidad.