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III Plan de Formación del profesorado. ¿Más de lo mismo o una oportunidad para el cambio?

En Resolución del 12 de septiembre de la Dirección General del Profesorado y RRHH, se han hecho públicas las líneas estratégicas que han de dar forma al III Plan Andaluz de Formación Permanente del Profesorado y a los proyectos de formación para este curso. Por medio de una serie de líneas estratégicas, la Consejería de Educación define los objetivos de un plan formativo que tiene como fines declarados el éxito educativo de todos los alumnos y la reinvención del modelo pedagógico imperante. Así, en primera línea se sitúa la voluntad de implementar un modelo de formación que mejore el rendimiento y el éxito educativo de todos los alumnos, y la herramienta para ello será ajustar los currículos de las asignaturas a las ahora llamadas “competencias clave”.

Una segunda línea incide en la formación del profesorado como vehículo para su perfeccionamiento y su capacitación profesional. No es éste un punto retórico, pues da cabida y justificación a un replanteamiento de la formación para el acceso a la función directiva y a un incremento de las funciones supervisoras de la Inspección en los centros. Parece aprovechar aquí la Consejería el carro de la formación para justificar y dar contenido al nuevo ordenamiento de la selección de Directores, donde como sabemos el poder de decisión de la comunidad educativa se ha reducido a cotas mínimas. Tal énfasis en reforzar el control de sus cuadros medios –Directiva e Inspección– contrasta con el olvido absoluto de acciones formativas que puedan redundar en la promoción profesional del profesor, como el acceso a Cátedras.

El uso de los propios centros educativos como espacio donde los profesores se formen y compartan los logros de sus respectivas experiencias profesionales define la tercera línea estratégica. Un enfoque bastante sugestivo, propio de los sistemas educativos más eficaces según aquel informe de la consultora estadounidense Mckinsey (How the world’s most improved school systems keep getting better, 2010) que sacudió la adormecida charca pedagógica española. El éxito de esta línea dependerá del grado de autonomía que la Consejería esté dispuesta a conceder a sus profesores para formarse; la referencia que en la misma se hace a “identidades de los pueblos” y a supuestas “memorias históricas”, en cambio, son puro adoctrinamiento y esperamos que la Consejería tenga el buen sentido de soslayarla a la vista de los venenosos efectos que en otros puntos de España han tenido estas quimeras. Y no otra actitud esperamos respecto a esa línea que clama por convertir los centros públicos andaluces en entornos colaborativos de aprendizaje y formación en los que participan todos los miembros de la comunidad educativa –Línea IV– con las sectarias “comunidades de aprendizaje” como fin último.

Que el propósito de la formación de los profesores de formación profesional, enseñanzas artísticas y de idiomas y educación permanente sea convertirla en herramienta para conectar la educación con la realidad productiva y el empleo, –Línea V–, nos lleva preguntarnos cuál había sido su leitmotiv hasta ahora, si es que la conexión con el mundo laboral no lo había sido; la vaguedad general de sus propuestas son reflejo del tradicional abandono que estos sectores de la enseñanza secundaria sufren en los planes formativos de la Consejería.

El resto del documento se ocupa de la organización de los Proyectos de Formación de cada Centro de Profesorado, CEP, que deberá elaborarse a partir de las premisas o líneas que hemos comentado. Aquí se reitera que han de priorizarse la autoformación, los grupos de trabajo y de formación en los centros como herramientas “más adecuadas para responder a las necesidades formativas del profesorado involucrado en procesos de cambio y mejora de los resultados del aula o centro”.

Desde APIA nada tenemos que objetar a todo aquello que conduzca a la revitalización del hasta ahora -salvo dignas excepciones- inane modelo formativo ofrecido por la Consejería, si bien ciertos elementos del menú que conforman estas líneas estratégicas nos suenan desoladoramente familiares; que tras un cuarto de siglo de fracasos el III Plan de Formación del Profesorado andaluz siga haciendo tantas concesiones al constructivismo y al igualitarismo a ras de suelo, denota la contumaz colisión entre la realidad y el deseo de ciertos jerarcas pedagógicos de la Consejería. Un rechazo a la realidad cotidiana de los institutos que se manifiesta también –y de forma clamorosa– en la ausencia de la más mínima referencia en la Resolución a las inversiones que la Consejería está dispuesta a empeñar para que su Plan sea viable; a la estabilidad de las plantillas, ingrediente indispensable para que la formación en los centros alcance su punto óptimo de madurez; o al indispensable reciclado de los magros y desvencijados recursos de los institutos (pizarras digitales, dotación TIC, mobiliario adecuado, climatización en las aulas, etc.), sin los cuales hasta la más genial innovación pedagógica se acaba estrellando.

Los docentes andaluces de la enseñanza pública deben poder escoger las prácticas formativas que más les convengan; nadie sino ellos saben lo que está en juego en sus centros; el  empoderamiento –usando un término ahora de moda– que este Plan parece querer otorgar a los profesores para formarse en sus propios ámbitos de trabajo quedará abortado si va acompañado de la imposición de determinados modelos pedagógicos; así, las noticias que a comienzos de curso llegaron a APIA sobre algunos iluminados responsables de formación provinciales que están vendiendo como obligatorias ciertas pautas formativas, no son la mejor propaganda para que los profesores colaboremos con los planes de la Consejería. De cuánto realismo, cuánta libertad, cuánta estabilidad laboral y qué nivel de inversiones los acompañen dependerá que funcionen o acaben constituyendo otro fracaso.

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