
15-7-2010
El Consejo de Gobierno aprueba el nuevo reglamento orgánico de los IES (ROC) con toda su carga destructiva.
Gonzalo Guijarro
6 de mayo de 2007
De un tiempo a esta parte, la especie de que la profesión docente es de carácter eminentemente vocacional aparece con frecuencia creciente en los medios de comunicación, proferida por aquel sindicato, este responsable educativo, o la asociación de padres tal. Algunos afirman incluso que la docencia es un sacerdocio. Yo, por mi parte, me temo que lo único que pretenden con este aparentemente generoso reconocimiento de nuestra importancia es que los profesores aceptemos el martirio sin quejarnos. Así que, como algunos no estamos por semejante labor, procederé a desmontar la superchería que, a mi entender, esconde el calificativo de marras.
Según el María Moliner, vocación es “la inclinación, nacida de lo íntimo de la naturaleza de una persona, hacia determinada actividad o género de vida”, y acto seguido menciona que el término se usa especialmente para referirse a la artística o religiosa. Lo que concuerda con el ya señalado intento de asimilación de la docencia al sacerdocio.
Pues bien, lamento decepcionar las desaforadas expectativas de los emisores de tales mensajes, pero, en mi caso al menos no hubo ni caminos de Damasco, ni llamadas de arcángeles tocando la trompeta, ni vocecitas interiores susurrando que la auténtica felicidad estaba en una vida plena de abnegación y polvo de tiza; tan sólo hubo un somero análisis de lo que los distintos caminos profesionales me ofrecían. Y ese somero análisis me llevó a la conclusión de que la enseñanza era un camino profesional perfectamente aceptable; me sentía capacitado para él, la paga resultaba suficiente para mis modestas expectativas pecuniarias y me dejaría el tiempo libre necesario para continuar estudiando otras cosas. Y, sobre todo, había plazas. Así que me hice profe.
Luego, poco a poco, fui afinando mis exposiciones y aprendiendo los secretillos del oficio. Y me di cuenta de que muchos días hasta disfrutaba ejerciéndolo; no parecía dárseme mal aquello de contagiar a los adolescentes mi gusto por la Física y la Química y, a veces, hasta me emocionaba al ver en los ojos de aquellos chavales un destello de asombro, de orgullo y de alegría por haber comprendido cabalmente algo particularmente difícil.
Así transcurrieron un montón de años sin que el trabajo me supusiera el más mínimo estrés; me sentía un profesional digno y razonablemente eficaz. Incluso organizaba actividades extraescolares y ponía en práctica cuanta innovación didáctica leía en las revistas del ramo, llegando pronto a la conclusión de que algunas de ellas tenían una ocasional y moderada utilidad y otras no eran más que bobadas. Pero, hete aquí que un buen día me llegó la buena nueva de que se había aprobado una ley de educación, la LOGSE, que iba a obrar milagros en la enseñanza: todo, incluidas la Física y la Química, se iba a aprender ahora de modo lúdico y sin esfuerzo, y ya no habría alumno que no fuera capaz de entender las leyes de Newton o la estructura del átomo y todos serían muy listos y voluntariosos y no habría más suspensos porque los alumnos y las alumnas estarían motivados y motivadas. Porque la LOGSE (esto sí que lo anunciaron, si no arcángeles con trompetas, sí a bombo y platillo) la habían diseñado no los habituales profes pelmazos de siempre, sino unos sabios nuevos que se llamaban psicopedagogos, que enseñaban directamente a enseñar y a aprender cualquier asignatura imaginable sin necesidad de tener la menor idea de ella.
El resultado inmediato de la puesta en práctica de tan elevada sapiencia es de sobra conocido: caída en picado de los niveles académicos y de la disciplina en los centros. Y los docentes nos pusimos en un tiempo record a la cabeza del ranking lamentable de las depresiones de origen laboral. Ante tan inesperadas consecuencias, ¿qué hicieron los autores del desaguisado, acudir a los centros para mostrar en vivo y en directo cómo se llevaba a cabo correctamente su propuesta? Pues no, de tal deseable comportamiento no tengo ni la más lejana noticia. Lo que hicieron –y siguen haciendo– fue atrincherarse en sus despachos y echarnos la culpa a maestros y profesores. Y precisamente ahora, cuando repetidos informes nacionales e internacionales muestran con meridiana claridad los funestos resultados de la LOGSE mientras sus autores pretenden imponer una nueva ley basada en los mismos delirios de teórico iluminado de la anterior, surge esta curiosa idea de que los docentes hemos de ser vocacionales, como sacerdotes. ¡Qué curioso! Porque, ¿qué características del sacerdote hemos de asumir? ¿La acrítica aceptación de una doctrina? (ya dijeron que la LOGSE fracasó porque los profesores no creíamos en ella, así que la cosa debe ser cuestión de fe, pese a sus pretensiones científicas). ¿Quizás la sumisión incondicional, y ajena a la legislación laboral, a la jerarquía? Porque, si los profesores hemos de ser sacerdotes, ¿qué han de ser los que supuestamente enseñan a enseñar?, ¿obispos?
En suma, a los profesores no se nos puede exigir, ni legal ni moralmente, que nos comportemos como otra cosa que lo que somos, profesionales de la enseñanza. Se nos puede y debe exigir, eso sí, que demos nuestras clases con claridad y eficacia y que seamos justos a la hora de valorar los conocimientos adquiridos por los alumnos; pero, para eso, es imprescindible que no se obstruya nuestra labor con legislaciones perversas, que anteponen las creencias ciegas y carentes de cualquier base experimental de unos pretendidos expertos –ayunos por lo demás de experiencia docente– al más elemental sentido común.