
15-7-2010
El Consejo de Gobierno aprueba el nuevo reglamento orgánico de los IES (ROC) con toda su carga destructiva.
22 de junio de 2007
La Consejería de Educación ha emprendido, coincidiendo casualmente con el momento en el que estamos llevando a cabo la evaluación ordinaria de junio en los IES, una campaña, diríase pedagógico-intimidatoria contra el profesorado que revela abiertamente la especial consideración que nos profesa, muy alejada del halago fácil –y por lo que se ve, hipócrita- de algunos discursos oficiales.
Utilizando como pretexto un presunto informe –el definitivo, parece- sobre las pasadas pruebas de diagnóstico y aquejados seguramente del mal de Lisboa, patología cuyos síntomas parecen agravarse a medida que nos acercamos a la fatídica fecha de 2.010, los responsables –por decir algo- de la casa han decidido pasar a la acción. Y no precisamente para corregir errores, hábito desconocido en los pagos de Torretriana, sino para arremeter de forma obscena contra los que, según se desprende del contenido de la noticia, somos considerados directamente culpables del estado desastroso de la enseñanza secundaria andaluza, muy alejado de los objetivos de la Unión Europea.
Los diarios regionales, a cinco columnas en algún caso, reproducen esta semana que acaba –con meridiana claridad- el respeto que le merece a la Consejería nuestra actuación como docentes. No hace falta ser hermeneuta para apreciar, ya en el mismo titular (“Educación alerta de que hacer repetir a un alumno empeora su rendimiento”), la intención -nada velada- de acusarnos del supuesto daño causado, gratuita e injustificadamente, al alumnado cuando lo suspendemos, ignorando la existencia de una legislación que regula nuestra actuación en esta materia.
Sin entrar a valorar en profundidad la extraordinaria aportación de los analistas de la Consejería a la teoría de la educación, fruto explicable del desvarío en que llevan instalados desde hace lustros, y que se resume en frases como: “el retraso escolar estanca el rendimiento de los alumnos” (siendo así, ¿por qué las legislaciones de todos los países de nuestro entorno permiten la repetición de curso?), “la mera repetición de curso no afecta al rendimiento del alumno” (habrá que recordarles la diferencia entre condición necesaria y suficiente), o “adaptar el ritmo del curso a las necesidades del alumno” (inefable principio de imposible aplicación en el contexto “comprensivo” que padecemos y que ha conseguido convertir nuestros institutos en lugares de holganza para generaciones de escolares); toca ahora reparar en las desagradables consecuencias que determinadas manifestaciones públicas pueden tener, como cuando se nos llega a acusar de prevaricadores, dando por hecho que “abusamos del suspenso”, colocándonos automáticamente en el punto de mira de los que, ahora con más razón que nunca, pensarán que la violencia ejercida contra el profesorado es la respuesta merecida a nuestra infame actuación. Aun siendo especialmente graves estas opiniones, lo son mucho más, si cabe, teniendo en cuenta que parten de perfectos i-responsables –amparados en el anonimato- de la Consejería y forman parte, por tanto, de una doctrina, la oficial, que lejos promover la consideración de la profesión docente se adentra sin reparo en lo que cabría considerar como mera apología del delito.
La Consejería olvida que la promoción en la ESO está sujeta a principios legales que no pueden ser conculcados alegremente, como parece pretender, por más que estos hayan mostrado su incapacidad de maquillar el profundo deterioro sufrido por la educación pública desde que se iniciara la era LOGSE. Es inexplicable que esa pléyade de anónimos expertos que ha elaborado el informe de las pruebas de diagnóstico no haya podido establecer la relación existente entre el nocivo modelo educativo imperante y sus desastrosas consecuencias (que son muchas y variadas), algo que no se le escapa a cualquier iniciado, y sin embargo presente como aportación esencial del análisis el dato de que “en secundaria ha repetido uno de cada tres alumnos”, hecho archiconocido por cualquiera que, sin ser experto en álgebra, se haya tomado la molestia de comprobar los resultados de la evaluación en la ESO durante los últimos años.
Y es que verdaderamente, los expertos de la Consejería demuestran una ceguera, impropia de tan doctos personajes, cuando se trata de interpretar los datos que el propio MEC hizo públicos en diciembre pasado. Esos datos mostraban que, paradójicamente, rebajar el grado de exigencia y obstaculizar la repetición de curso (los dos pilares básicos en los que descansó la involución logsiana) sólo ha conducido a que haya menos titulados en secundaria hoy que antes de tan triste advenimiento.