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Disidencia (Crónicas Docentes III)

Disidencia (Crónicas Docentes III)

Hoy en día, los centros educativos se están convirtiendo en ONGs (resolviendo problemas de índole familiar, compensando no ya desfases educativos, sino socioeconómicos, y ofreciendo calefacción, portátiles o tablets y wifi gratis a quiénes nada tienen en casa); en Espacios de Paz (cuando nunca hubo tantos conflictos como ahora, ni tanta inquina ni tanto encono); en centros TIC (tecnificando la información, que sin la formación adecuada se convierte en desinformación, deformando la comunicación y generando incomunicación); en centros Bilingües (fomentando el aprendizaje de otras lenguas vehiculares –aun sin conocer ni dominar la propia– sobre todo el inglés, el nuevo “esperanto neoliberal”); o, últimamente, en centros de salud, con protocolos y medidas de higiene y control sanitario dignos de cualquier hospital. Nadie en el sector educativo sabe a qué atenerse. Ni docentes, ni padres/madres/tutores legales, ni alumnado, ni directivas, ni inspectores. Bueno sí, quienes rigen el cotarro (por sus, en muchos casos, deméritos ampliamente contrastados) y persiguen tecnificar el proceso educativo con la idea de rentabilizarlo, aplicando las medidas para obtener el mejor producto (fin), mediante el método más rápido y seguro (medios) al menor costo (la eficiencia lo justifica todo).

Pues bien, a día de hoy, los docentes decentes estamos cansados de debates estériles; hartos de huelgas con y sin sentido; empachados de protestas “sindicalizadas”; desencantados de vaivenes gubernamentales, de leyes, órdenes, resoluciones, directrices; de enchufes; de tanta sigla (LOCE, LOE, LOMCE, LEA, CEP, CAU, FPB, APAE, PEvAU, etc.). La mayoría llegamos a esto por vocación y trabajamos con ilusión y energía porque estamos enamorados de nuestra profesión.

Particularmente, en veintidós años de servicio, algo he enseñado y mucho he aprendido, he conocido a muchos profesionales impresionantes –la mayoría– y unos cuantos –los menos– detestables, he viajado extraescolarmente, he conocido en profundidad a Séneca, he aprendido jurisprudencia (yo, que no soy nada prudente) y aún me encuentro a alumnos/as que me recuerdan y a los que recuerdo. Como soy optimista (y gilipollas, a partes iguales), voy a seguir enseñando e intentando generar aprendizaje, lo más dignamente posible; voy a seguir implicándome con mis alumnos/as, intentando complementar la educación que, no lo olvidemos, han de darles sus padres. Nunca seré un mero ejecutor de una acción planificada, previsiblemente elaborada y controlada desde fuera de las aulas, por personas ajenas a la educación. Nunca trataré a mis alumnos y alumnas como autómatas sujetos a estímulos que han de reaccionar de manera uniforme, o sea, no reduciré la conducta de los chavales a lo observable, sus aspiraciones a lo definible, su educación a lo tangible, al logro inequívoco de un estándar medible, preestablecido y unívoco. Paso, ni acato ni asumo. O sea, seré un esquirol del actual sistema, ya no sé si laico o aconfesional. Todo parece encajar según un guión ideológico –pero poco lógico–, todo menos mis ganas de encajar.

Ignacio José García García

 

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