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La evaluación al revés

Colaboraciones

(Colaboración de Juan José Muñoz Rodríguez)

Prioridades de mejora del sistema educativo.

La mejora del sistema educativo es uno de los pilares básicos del progreso de cualquier sociedad. Recientemente tuvimos noticias que el Ministerio de Educación quiere introducir la evaluación del profesorado en su reforma de la ley educativa. Se trata de una moda político-pedagógica que pretende mejorar la calidad del sistema educativo reformando la profesión docente (noticia). Dentro de la misma línea de reformas se han lanzado desde el Gobierno otras propuestas para intentar aumentar el número de titulados de bachillerato. Este fomento de titulados se basaría principalmente en enmendar decisiones de los docentes cuando el alumno suspende, para que pueda promocionar de curso o para obtener el título de bachillerato con asignaturas sin aprobar (noticia).

Aunque la mejora de la calidad del sistema educativo mediante procesos de evaluación es un proceso deseable, poner el foco en el profesorado y en sus decisiones esconde un mensaje oculto subliminal, pernicioso y engañoso. Siempre que se plantean mejoras o reformas del sistema educativo, la mejora docente aparece como medida prioritaria, ¡como si la labor docente fuese la principal causante de los males del sistema educativo!

El razonamiento falaz que subyace en estas propuestas es que, si la culpa es de los profesores, habría que evaluarlos uno a uno y así diferenciar a los malos profesores de los buenos. De esta forma se podría “castigar”, u obligar a mejorar a los “malos” y premiar a los “buenos”. Sería una solución sencilla y bonita, como un “cuento de hadas”, si no fuera porque el diagnóstico de los males y todo el planteamiento son erróneos.

Es la misma historia que se repite: Primero se realiza una evaluación internacional del sistema educativo por unos supuestos expertos, consistente en unas pruebas tipo examen más o menos acertadas, junto con unas cuantas estadísticas de aspectos socioeconómicos. Una vez analizados los resultados, independientemente de éstos, se concluye que el profesorado debe mejorar (selección, formación, incentivos, etc.). Es lógico, cada vez que los estratos directivos y superiores quieren eludir su responsabilidad, ponen el foco en el currante de a pie, el último eslabón de la cadena. Desgraciadamente se parece a la “parábola del remero”.

Debemos preguntarnos quiénes son los que toman las decisiones y dirigen el sistema educativo, los que establecen normas, las interpretan, dirigen y supervisan a los docentes, modelan el clima laboral, administran los presupuestos, etc. en definitiva ¿quiénes tienen mayor responsabilidad e importancia para solucionar los supuestos males del sistema educativo?

Pongamos algunos ejemplos actuales de mal funcionamiento de instituciones, administraciones o empresas privadas y reflexionemos sobre a quién deberíamos evaluar primero para mejorar:

… ¿A los cajeros y oficinistas de Bankia, o a la cúpula directiva de Rodrigo Rato?

… ¿A los policías rasos, o al Comisario Villarejo?

… ¿A los dirigentes urbanísticos y bancarios de la “burbuja inmobiliaria”, o a los simples hipotecados de una vivienda?,

… ¿A los médicos de familia o de guardia con “largas colas” de pacientes, o a los directivos y dirigentes de la sanidad pública?

No sé usted, pero yo tengo la sensación de que se está planteando una evaluación “al revés”. La Evaluación debe empezar por los máximos responsables. Puestos a evaluar con inteligencia, primero habría que evaluar a los cargos superiores, inspectores educativos y directores de centros educativos. La razón de esto es simple; la mejora de estos estamentos superiores del sistema tiene una repercusión mucho mayor que la de los simples trabajadores que están a su cargo. Los cargos de responsabilidad juegan un papel decisivo en la aplicación de las reglas, así como en establecer la mentalidad de trabajo y ambiente laboral favorable. Si un directivo establece directrices absurdas o ineficaces o injustas, no soluciona los problemas de convivencia, etc. y en definitiva crea un clima laboral “tóxico”, la productividad desciende enormemente y el personal termina “quemado”. Es lo que coloquialmente podemos definir como la importancia de tener un buen liderazgo. Por ejemplo, si un profesor falla en su trabajo puede perjudicar a unas decenas de alumnos; si un director “incompetente” hace mal su trabajo perjudicará no sólo a los profesores de su centro, sino a través de éstos a cientos de alumnos, inclusive miles de alumnos en varios años. ¿A quién es prioritario evaluar entonces, a los profesores o a los que dirigen y supervisan a los profesores?

Podemos pensar que la evaluación de estos “cargos de responsabilidad” se hace de forma directa o indirecta mediante los procesos democráticos de las instituciones educativas (elecciones), pero desgraciadamente en los últimos años la democratización de la enseñanza ha sufrido un retroceso. Las competencias de los órganos democráticos como el claustro de profesores o el consejo escolar se han visto drásticamente reducidas, y siendo los cargos directivos de educación designados principalmente por la propia administración, de forma legal, pero con escasa legitimidad democrática. Todo esto crea un efecto de “politización” de la educación, nada deseable. Esto tiene especial relevancia en cargos de responsabilidad intermedios como inspectores, jefes de servicios, directores de centros, etc.

Efectivamente la evaluación puede mejorar la calidad del sistema educativo. Pero debe plantearse prioritariamente una rigurosa evaluación “hacia arriba”, donde los profesores evalúen la labor de sus directores, y los directores evalúen a su vez el desempeño de sus inspectores, y así sucesivamente… Con esta medida mejoraría el clima laboral de los centros y la eficacia de los cargos, mejorando consecuentemente los resultados educativos. Si se dan cuenta, es una evaluación al contrario de la que se viene haciendo, dónde solo se evalúa el último eslabón (el alumnado de “selectividad”, PISA, etc.); al que se añade ahora el siguiente estrato: el de los profesores.

¿Qué se puede hacer para mejorar la educación?

Ya hemos mencionado la importancia de una evaluación “por arriba y ascendente”. Sin embargo, el sistema educativo pertenece a la sociedad donde se inserta y sus males son muy similares a los de dicha sociedad. Por ejemplo, nos encontramos con una sociedad con problemas de violencia en todos los ámbitos. Basta con poner la TV para ver películas y series con abundante violencia, esta misma tónica la observamos en los noticiarios, incluso el mismo tono de muchos debates y los “reality shows”. Desde la escuela se forma a los jóvenes para la paz y no violencia, pero si luego al encender la TV, al pasear por su barrio o desde su propia familia les inunda la violencia, poco puede hacer el sistema educativo, por muchas mejoras que se le apliquen, por sí solo.

Otro factor que debemos tener en cuenta es el paro juvenil en Andalucía, causante de que una gran cantidad de titulados universitarios tengan que emigrar porque, de lo contrario, se ven abocados al desempleo. Lo lamentable es que esta situación se extiende al resto de la juventud. Sabemos del malestar, la desmotivación y el descontento que este problema social produce en nuestros jóvenes. Aunque desde el instituto intentamos convencer y motivar al alumnado para que estudie y se forme, la realidad que ven a su alrededor es: paro, incluso de universitarios; o enchufismo, pues solo trabajan los que tienen “padrino” independientemente de sus estudios… Así se explica que muchos jóvenes acaben tirando la toalla. Y, sin embargo, para mejorar ¿juzgamos la labor de los profesores por la motivación o desmotivación de sus alumnos?

Las contradicciones también aparecen en otro de los pilares de moda para la Administración en la enseñanza. El fomento de la “cultura emprendedora” desde la enseñanza media. Efectivamente con formación, cultura del esfuerzo, valentía y tesón podría disminuir el desempleo. Sin embargo, cuando salimos del centro, los modelos y la realidad son otros: corrupción, ídolos juveniles “estériles” promocionados a diario en los medios de comunicación e Internet, fomento desde diversas tendencias políticas de la “cultura del pelotazo” o de la “cultura del subsidio”, que tanto daño están causando a la sociedad.

Evidentemente el sistema educativo no es ajeno a esto, son cuestiones de primer orden de enorme influencia y trascendencia, que lo afectan y lo contaminan, hipotecando cualquier reforma o mejora. Si estos problemas globales de la sociedad no mejoran, difícilmente lo harán solo desde la educación. Podemos intentar formar bien desde el sistema educativo, pero la sociedad que lo rodea ha de remar “todos a una”, si no, el joven acabará inexorablemente sucumbiendo en la realidad que lo envuelve. Deberíamos tener claro que estos problemas tendrían que abordarse desde todos los estamentos sociales, no solo desde el sistema educativo.

Una evaluación “por arriba y ascendente”, participada con verdaderos “expertos educativos” como el profesorado, puede ayudar a mejorar el sistema. No obstante, como hemos señalado algunos males emanan de la propia sociedad y se deben a causas multifactoriales, de enorme complejidad. Por tanto, su diagnóstico y mejora no puede abordarse solo desde unas simples pruebas académicas puntuales (mal enfocadas o parciales), llámense PISA, PIRLS, TIMSS, TALIS, OCDE, selectividad o como se llamen. Ni se debería poner sólo el “foco” siempre en los mismos “cabeza de turco”.

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