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El discurso del método

Uno cree, en su ingenuidad, que los cambios de gobierno traen con frecuencia aire fresco a la vida pública. Pero la obstinada realidad viene demostrando de un tiempo a esta parte que tan ingenua creencia no pasa de ser un mero desiderátum. El anhelado aire fresco acaba por convertirse, como mucho, en ráfaga sutil y, por qué ocultarlo, nunca del todo impoluta.

Y esto viene a colación de la reacción suscitada en la preclara mente de la Secretaría de Estado de Educación, doña Monserrat Gomendio, por el espectacular, y no por ello inesperado, fracaso de los alumnos españoles en el PISA práctico, cuyos resultados acaban de hacerse públicos. Ha declarado  contundente, la Secretaria de Estado de Educación de todas las Españas, que tan desagradable resultado tiene su origen en la enseñanza fundamentalmente memorística del sistema educativo español, que desdeña por costumbre la resolución de cualquier problema práctico. Mucho conocimiento teórico, inútil, y nada de aplicación práctica de los distintos saberes, ha venido a decir. Y lo ha dicho sin reparar lo más mínimo en un hecho incontestable: en el PISA teórico los alumnos españoles salen tan escaldados como en el PISA práctico. Ergo…

Al margen del extraordinario (y sospechoso) parecido de su discurso con el que vienen sosteniendo habitualmente sus oponentes políticos, no cabe extraer otra conclusión de sus palabras que no sea un completo desconocimiento de la realidad educativa española. Si se hubiera tomado un mínimo de interés por conocer, y perdone tan atrevida expresión, lo que sucede desde hace décadas en las aulas de nuestros colegios e institutos, habría comprobado fácilmente que el problema esencial del modelo educativo existente no es su exagerada dimensión teórica o práctica, sino, y esto es lo grave, su completa (y onerosa) inanidad, a medio camino entre la simple distracción y el mero entretenimiento, siempre dirigidos a los menores de edad a los que la institución acoge en horario escolar. Los que, allá por los albores de los noventa del siglo XX, extirparon de raíz cualquier atisbo de responsabilidad individual del estudiante en su propia formación sabían muy bien lo que hacían. Lo extraño es que quienes dicen representar una alternativa creíble no se hayan propuesto acabar con semejante tragedia, abonándose a la menor ocasión a la tesis del contrario.

Fía la Sra. Gomendio, con una fe sorprendente, la solución de tan espantosa lacra a la entrada en vigor de la LOMCE, sin caer en la cuenta que su desdichada ley no ha subvertido ninguno, lo que se dice ninguno, de los tóxicos principios en los que se asienta el pernicioso modelo educativo que padecemos. En eso viene a ser más de lo mismo, por desgracia. Ni siquiera las reválidas al final de la ESO y del Bachillerato, que, por lo visto, considera la panacea, van a servir para mucho, teniendo en cuenta que cada taifa autonómica se encargará de aplicar y corregir sus propias pruebas. Ya podemos adivinar los resultados.

Abandonada toda esperanza, al menos a corto y medio plazo, de que algún día los españoles puedan disfrutar de una enseñanza pública homologable a la de nuestros socios en el concierto internacional, debemos aconsejar a nuestra Secretaria de Estado de Educación que, en lugar de dejar todo tal cual, explore la posibilidad de hacer lo que se lleva haciendo desde hace lustros por estas tierras del sur: pase del PISA y decrete el éxito educativo perpetuo con carácter obligatorio. Y si algún profesor se desmanda, inspección, mucha inspección. Si opta por esta vía, no se olvide de repartir soma. Hará falta para asegurar la eterna felicidad.