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Reseña de "Imago mundi", de Gonzalo Guijarro

Reseña de "Imago mundi", de Gonzalo Guijarro

Imago mundi es el título original y en latín (“imagen del mundo”) de varios libros, incluyendo el más famoso, que es un texto de cosmografía, escrito en 1410 por el teólogo francés Pierre d´Ailly. Posteriormente se ha generalizado su uso para la expresar la interpretación y representación del mundo en un momento de la historia.

Al leer la introducción y la contraportada de Imago Mundi, de Gonzalo Guijarro, pensé que sería una especie de cosmogonía con la cuál el autor pretendería  tanto explicar el origen y la evolución del universo como satisfacer su necesidad como ser humano de concebir un orden físico y metafísico que le permitiese conjurar el caos y la incertidumbre. Acabé el libro con bastantes respuestas plausibles, pero con muchas más preguntas, producto de las reflexiones a las que sistemáticamente incita el autor, planteadas de una manera pedagógica.

El libro se divide en cuatro partes. En la primera parte, Guijarro explica de manera científica, aunque sin perder su pretensión divulgativa, la evolución geoquímica y biológica, centrándose en la aparición de la conciencia y el desarrollo de los procesos mentales sobre dos ideas clave: el origen de la vida  a partir del caos gracias a algún proceso espontáneo y la idea de la formación de complejidad por el azar.

En la segunda parte, se plantea cómo la evolución cultural del género Homo toma el relevo de la evolución biológica, aprovechando lo que ésta había construido previamente. La evolución sociocultural se fundamenta en la idea de un orden espontáneo (o estructuras espontáneamente ordenadas como el lenguaje articulado, las redes comerciales o la jerarquía), basado en instrucciones locales que pronto se transformarán en universales, en realidades imaginarias, gracias al desarrollo de la mente simbólica, que requerirá de narraciones inventadas para dar sentido a la vida, desentrañando el funcionamiento de lo real y confirmando con coherencia que un individuo pertenezca a una comunidad o que lo que haga sea correcto.

En la tercera parte, el autor aborda la transición neolítica y se adentra en la “era de los planificadores”, explicando cuestiones propias de sociedades extensas más complejas como la formación de estructuras políticas (no ya tribus o ciudades, sino estados o imperios) o religiosas (judaísmo, budismo et alii), fruto de la colaboración masiva y la competencia entre grupos humanos, con la irrupción de autócratas que acabarían cediendo frente la inteligencia colectiva, en favor de la convivencia democrática. Resulta brillante el final de este apartado, con un resumen de cuatro mil años de historia en cuatro hojas.

En la cuarta parte, llegamos a “La hora de los buscadores”, una invitación del autor a buscar el conocimiento con preguntas y respuestas que provocan la curiosidad del lector. Con una visión holística e integradora de la historia, la ciencia, la literatura, la economía o la filosofía, Gonzalo Guijarro muestra su imago mundi, esto es, su visión, como estructura dinámica compleja, del universo y del ser humano.

Este libro es un lúcido ejercicio de pensamiento y reflexión, de alguien que observa la realidad como pocos. Es un libro que emana erudición, incluyendo viejas y nuevas teorías sobre el origen de la vida y la evolución o informando de los últimos avances en el estudio del cerebro y la inteligencia artificial. Como buen profesor, Gonzalo Guijarro no renuncia al enseñar deleitando horaciano y explica de manera simple y accesible cuestiones complejas, con preguntas retóricas y reflexiones sobre cuestiones preocupantes como el cambio climático o inquietantes como la ciborgización. Como filólogo he agradecido las referencias a Octavio Paz o J. L. Borges y la prosa fluída; como persona, agradezco a quién genera interrogantes y aboga por el conocimiento científico.

Ignacio José García García

Enlace a la Editorial Montesinos.

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